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Adolfo Ledo pdvsa eo//
Es lunes santo

Asueto, oración, descanso. Tregua, momento para la mención de un ilusorio perdón y para el recato. Encuentro con la mantilla, la procesión, el escapulario, con cirios y altares. También momento para los excesos, esa concepción de gozo tan vernácula que solo con la estridencia asume el disfrute. Vacaciones para el desenfreno de la insensatez, esa que no acata advertencias y suscribe el anarquismo como premisa libertaria. El sermón dicta otra cosa, pero la realidad dispone porque se ha perdido la imponencia espiritual de otrora, aquella del ejemplo y la contundencia, la piedad y la humildad. Hoy comienza una semana distinta, un periodo del año que la tradición marca y la costumbre acomoda. Es una especie de “spring break” que cada vez más el colectivo acoge para suspender la rutina laboral. In illo tempore, la semana era de absoluto recogimiento. Rituales y mitos confluían para que el fervor cristiano rigiera los episodios de la cuaresma, desde el miércoles de ceniza. Veneración y celo, ayuno y silencio, las estaciones del vía crucis seguidas con la reedición del sufrimiento de Jesús. Aflicción rediviva, desde la condena, el encuentro con su madre, con la Verónica. Las caídas como muestras de debilidad y también de fortaleza, la decisión de cumplir con todo aquello que pronto se consumaría. El imprescindible Cirineo, la crucifixión y la esperanza de la resurrección después del agobio y el llanto, del dolor y el sacrificio. Las 7 palabras y su trascendencia, la explicación y acomodo que la contemporaneidad ha hecho. Tiempo de golpes en el pecho y de penitencia, escapularios, de playas y montañas repletas, ciudades vacías o llenas de inusuales viandantes. Intermedio para renovar energías o gastarlas todas y aguardar el próximo lunes ya sin mordaza ni disimulo pío y comenzar de nuevo con el ronroneo y la poquita fe. Volver a la reyerta, a los desencuentros, porque algunos son renuentes a la paz, como afirma Moscoso Puello en “Cartas a Evelina”, esa descripción obscena del ser nacional, molestosa quizás por atrevida y cercana a una estampa que tratamos de espantar cada día. Cualquiera que sea la opción la temporada obliga a la meditación, a la revisión de los exordios y reclamos devotos para encauzar rumbos individuales y colectivos. La época y el oficio de escribir obliga a recordar a Mario Álvarez Dugan, el inolvidable don Cuchito, fallecido director de este periódico. Provocador, respetuoso como ninguno. Con un sambenito de trujillista que solo servía para el retozo y la mofa porque su praxis distaba mucho de la imputación aviesa, hecha por la mediocridad. Congéneres que sabían el significado de crecer durante la tiranía y tener un padre como Virgilio Álvarez Pina. Sabían, además, que era un imberbe cuando le atribuían complicidades inexistentes con las atrocidades del régimen. Entre irreverente y piadoso diseñaba las páginas alusivas a la semana mayor. Grande su empeño para la paráfrasis laica de las 7 Palabras. En una ocasión me asignó el comentario de la Tercera Palabra, sin derecho a réplica. Tenía una particular y exitosa manera de ordenar, sin escapatoria para quien recibía el mandato. A partir de entonces la cuaresma motiva, para esta columna, glosas alusivas a la conmemoración. La controversial película de Mel Gibson provocó la publicación de “El Proceso Penal y la Pasión de Cristo”-HOY, CIB.17.04.2014-, no había límite para las palabras y la crónica fue extensa. Gibson rescató uno de los más controversiales relatos sobre la pasión de Cristo. Para el contexto profano de los hechos, el capítulo V de “Casos de Conciencia de un Abogado” siempre será útil. Jacques Isorni, autor del libro, cautiva cuando detalla los errores procesales en el juicio contra el Rabí de Galilea. Error en la calificación de la infracción, en la atribución de competencia, en el procedimiento. Error en la condena. Proceso fascinante sin importar el tiempo transcurrido. Registra la peligrosa manifestación del populismo penal cuando la enardecida multitud opta por Barrabás, sacrificando a Jesús. Las pausas son necesarias, sirva ésta para la reflexión.

Adolfo Henrique Ledo Nass