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Hermann Siegenthaler, soñador de Aluna

H ermann Siegenthaler dice que no hay casos sin esperanza. Stefano, un niño de siete años que sufrió un daño cerebral severo en un accidente cuando tenía tres años, estaba inmóvil, imperturbable, como una estatua en silencio. Al principio, no reaccionaba ni a la voz ni a las señas que el pedagogo le hacía con las manos y los ojos. Hermann llevó su guitarra y, mientras la tocaba, le hablaba y le cantaba, pero tampoco parecía reaccionar a ningún estímulo. Era como una estatua sumergida en el océano. Hermann siguió atendiendo al niño en sesiones diarias, convencido de que libraría la gigantesca odisea de aquel silencio impenetrable. Dos semanas después, al abrir la puerta, el rostro ausente del niño pareció presentir la presencia de Hermann y el hilo de su voz. El rostro cobró una leve luz y una sonrisa casi imperceptible empezó a dibujarse como una ilusión. Stefano movió el dedo meñique de la mano derecha. “Sin ninguna duda, el niño recibió mi aura contenida en mi voz y en los sonidos de la guitarra: no hay explicación a estas manifestaciones”, dice Hermann. Eso lo afectó en aquel instante. ¡Qué sorpresa extraordinaria y maravillosa! El “entre-humano” resplandeció, cuenta el pedagogo. Ese comienzo podría definir a Hermann Siegenthaler, de 83 años, quien llegó a Cartagena hace treinta y descubrió que en la ciudad no existía un centro que atendiera casos severos como el de Stefano. El desafío era tan gigantesco como la orfandad de ese ser atrapado en su propio silencio. La guitarra de Hermann resonó en el aire como si tocara la cuerda lejana y recóndita de Stefano.

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El primer peldaño de su desafío fue crear en Cartagena la Fundación Grupo Colombo Suizo de Pedagogía Especial, que identificó profesionales en la región y el país que trabajaban en la misma dirección de Hermann.

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Cuando supe que había llegado a Cartagena, busqué los caminos para sentarme a conversar con Hermann de los niños con diversos síndromes y trastornos físicos y cognoscitivos, como con discapacidad severa. En aquellos días, la hija de un amigo cercano había nacido con un daño cerebral y le hablé de Hermann. Una de las primeras palabras que le escuché decir a Hermann es una convicción que se convirtió en esperanza encarnada para múltiples padres y pedagogos especiales: “No hay casos sin esperanza”. Mi amigo, al igual que Hermann, le leía cuentos infantiles a su pequeña niña. La sentaba en sus piernas para contar las maravillas de la literatura universal. Ella no reaccionó en las mil y una noches de lecturas, pero el amigo no perdió jamás la esperanza pese a los pronósticos adversos y desoladores. Stefano era lo más parecido a aquella niña. Pero algo de las palabras de mi amigo, algo de su corazón latiendo, debieron tocar a la pequeña niña en su profundo silencio.

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Hermann era profesor en la Universidad de Zúrich, Suiza, y entre sus alumnos tenía a Pascal Affolter. La lectura de uno de los libros de Hermann, ‘Introducción a la Pedagogía Especial’, publicado en 1988, y reeditado en 1996, iluminó el camino de lo que vendría en Cartagena. Hermann, con una sensibilidad de artista y filósofo, tocaba la guitarra y el piano, y era intérprete de Bach. Tocaba el órgano en la iglesia de Zúrich. En aquel pequeño libro iluminador de portada de color azul, Hermann utilizó conceptos que luego corrigió porque heredaban un equívoco humanístico: a niños como Stefano y la niña de mi amigo se les llamaba “retardados mentales”, pero luego Hermann cambió el concepto que había recibido de sus propios maestros: H. Hanselman y P. Moor de los años treinta del siglo XX: No eran retardados ni minusválidos sino “personas con discapacidad” o “personas en condición de discapacidad o en riesgo por factores socio-ambientales”. El concepto de Pedagogía Especial, según él, derivado de dos raíces (el cristianismo y la medicina del siglo XX), aún debía ampliarse más allá del amor al prójimo y replantear el criterio en blanco y negro en una sola dirección de ‘normal’ y ‘anormal’

La Fundación Grupo Colombo Suizo de Pedagogía Especial abrió un puente entre especialistas suizos y colombianos, y un sendero de capacitaciones y retroalimentación de experiencias. El pensamiento de Hermann replanteó los criterios limitados y empezó a profundizar el concepto de dignidad y esperanza

El río de la infancia La juventud de Hermann transcurrió a la orilla de un río, en cuyas aguas los niños se zambullían de felicidad y jugaban. Frente a esas aguas pensó en Heráclito, el filósofo griego, en que todo fluye, en que nada permanece igual. Y esa visión la aplicó a su experiencia como pedagogo. Dos criterios fueron básicos para diseñar el sueño gigantesco de un centro que atendiera criaturas como Stefano en Cartagena: la dignidad del niño o la niña con discapacidad y la conciencia práctica de que no hay casos sin esperanza. Esa fue la raíz filosófica que gestó el Centro de Habilitación y Capacitación Aluna, que se fundó en 1999, inicialmente con el apoyo de amigos y aliados suizos y, muy pronto, empresarios cartageneros y colombianos conmovidos con la propuesta de Hermann. En aquellos años previos a la fundación de Aluna, nombre tomado de los indígenas Koguis que alude al sueño y lo intangible del ser, llegó a la ciudad Pascal Affolter, alumno de Hermann, quien fue el primer director de este sueño que acaba de celebrar veinte años

Epílogo Ahora Aluna es la casa que alberga a centenares de niños y niñas como Stefano y la hija de mi amigo. Y sus profesores son como Hermann con una guitarra en mano y un corazón que suena como un río suave y de colores y donde nunca se apagan las esperanzas