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¡Ya basta!

El futuro de Ecuador es gris. La crisis económica es severísima y tiene visos de empeorar. Y es obvio. Rafael Correa, que ofendía a otros economistas diciéndoles que ni siquiera califican para contadores, fue incapaz de sostener la economía nacional a pesar de haber dispuesto de la más grande bonanza de la historia republicana. Ineptitud absoluta. Negligencia total. Corrupción desbordada. Cuando estuvo en el poder, por diez años, aumentó más de 150.000 burócratas, lo que significó un incremento de $ 1.800 millones anuales en sueldos. Botó $ 1.500 millones en desbrozar y aplanar el terreno de una refinería sin financiamiento. A todo declaró en emergencia, para asignar a dedo la contratación de las obras en las que se ha descubierto que, sistemáticamente, hubo sobreprecios descomunales. Correa, el PhD, se ferió más de $ 200 mil millones, despedazó la economía ecuatoriana y, con desparpajo, dijo que “la mesa quedaba servida” para el nuevo gobierno.  El mitómano crea sus propias fábulas y hasta se las cree.

El déficit fiscal de $ 5 mil millones, cada año, es imposible de financiar si no se toman medidas radicales. La eliminación al subsidio de los combustibles era la más importante de un conjunto de acciones; sin embargo el caos total impide gobernar. Se produce un levantamiento indígena que es atizado por Correa y potenciado por infiltrados extranjeros y locales que son soldados del Foro de Sao Paulo. Los indígenas se imponen, por la fuerza, y se elimina el Decreto 883. 

No es posible gobernar porque la legal y legítima facultad de manejar la economía, por parte del Presidente de la República, es coartada por la violencia social. No hay democracia. Es el poder de la violencia. La sinrazón se impone. Ahora, un cenáculo indígena autocalificado como “Parlamento Popular” propone subir a 10% el impuesto a la salida de divisas, reducir a 10% el IVA, crear impuestos al patrimonio, aumentar el impuesto a la renta, entre otras sandeces. Hay que defenderse de los avances desquiciados y prepotentes de dirigentes indígenas, vociferantes recaderos del socialismo del siglo XXI. El Gobierno no puede ceder más. (O)